
Hoy, como muchos otros días, desperté con una gran preocupación por todo lo que está pasando en este país.
Ya llevo seis años viviendo aquí como inmigrante. Llegué porque razones políticas me obligaron a dejar mi país y buscar un lugar donde pudiera sentirme protegido y seguro.
No emigré buscando una mejor situación económica. Emigré buscando seguridad, tranquilidad y la posibilidad de alcanzar muchos sueños que sentía que en mi país de origen nunca podría alcanzar.
Sin embargo, desde hace aproximadamente un año, mis mañanas han cambiado.
Me despierto con ansiedad. Me da miedo salir de casa pensando que pueden detenerme y que una detención pueda terminar en una deportación.
En estos seis años jamás he tenido siquiera un ticket de tránsito. Nunca he tenido problemas con la ley ni he tenido una mala conducta desde que llegué. He trabajado, he tratado de construir mi vida y de seguir adelante.
Y, aun así, tengo miedo.
Pero tengo que salir.
Tengo que trabajar.
El trabajo que hago no puedo hacerlo desde la seguridad de mi casa. Así que hoy volví a salir con esa preocupación que se ha convertido en una compañía que nunca invité a mi vida.
Gracias a Dios llegué bien al lugar donde tenía que trabajar.
Cuando terminé, comenzó nuevamente la misma angustia: ahora tenía que regresar a casa.
Pero mientras manejaba sabía que allí me esperaban algunos de los mejores amigos que un hombre puede tener.
Amigos que no preguntan cuánto dinero tienes, qué problemas estás enfrentando ni por qué estás triste.
No necesitan explicaciones.
Solo quieren tu presencia y tu cariño.
Son mis amigos de cuatro patas.
No importa si llego triste, molesto, cansado o preocupado. Ellos siempre me esperan de la misma manera.
Y quizás ellos no lo sepan, pero muchas veces ese recibimiento significa mucho más para mí de lo que cualquiera podría imaginar.
Hoy, después de regresar a casa, vino un amigo a visitarme para conversar sobre un asunto de trabajo. Estábamos hablando en la oficina cuando tocaron la puerta.
Era una persona cercana a mí.
Venía a decirme algo que no esperaba escuchar.
Esa persona había vendido a una de mis mejores amigas de cuatro patas.
Tenemos cuatro cachorros de tres meses, hijos de Lilo y Stitch, mis dos primeros compañeros de cuatro patas. Esa persona siempre había pensado que tenerlos a todos era demasiado y quería venderlos.
Yo pensaba diferente.
A mí me enseñaron que uno es del tamaño del compromiso que se propone asumir. Y si yo había decidido quedarme con todos, era porque estaba dispuesto a asumir ese compromiso.
Durante tres meses lo hice.
Los cuidé, los alimenté y traté de darles la mejor vida y todo el amor que pudiera darles.
Pero, sobre todo, me encariñé con ellos.
Habíamos acordado que no venderíamos a ninguno. Por eso descubrir que uno había sido vendido sin que yo lo supiera ni estuviera de acuerdo me tomó completamente por sorpresa.
Y dolió todavía más porque ella era una de las cachorras más apegadas a mí.
Ahora miro a mi alrededor y todavía están conmigo sus tres hermanos, Lilo y Stitch.
Sé que sigo rodeado de amor.
Pero eso no hace desaparecer el espacio que ella dejó.
Tal vez algunas personas piensen que solamente era un perro.
Para mí no.
Cuando un animal te acompaña todos los días, corre a recibirte cuando llegas, se duerme cerca de ti y te ofrece cariño justamente en aquellos momentos en los que el mundo parece demasiado pesado, deja de ser simplemente una mascota.
Se convierte en parte de tu vida.
Hoy comenzó siendo otro día marcado por el miedo y la ansiedad.
Pensé que mi mayor preocupación sería salir de casa y regresar sano y salvo.
No imaginaba que terminaría el día sintiendo otro tipo de miedo y otro tipo de tristeza: la de saber que mañana, cuando mire a mis amigos de cuatro patas, habrá una carita menos esperándome.
Y aunque todavía tengo cinco maravillosos compañeros conmigo, esta noche siento un vacío.
La extraño.
Y apenas se fue hoy.
— Leinad JG
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