
Hoy no pude dormir.
Era tanta la tristeza y la rabia de saber que Luna ya no estaba, que me desvelé. Y, como nunca, esa noche fue cuando más necesité de todos mis amigos de cuatro patas. Todos estaban conmigo en el sofá mientras yo extrañaba a Luna.
Por un instante desaparecieron todos mis temores y toda esa ansiedad que me ha acompañado durante tanto tiempo. Solo podía pensar en ella.
¿Estará bien?
¿Su nueva familia tendrá un lugar cómodo para que duerma?
¿Estará comiendo?
¿Extrañará a sus hermanos y a sus papás?
¿Extrañará mi olor, mi calor y todo el amor que durante tres meses le di?
Y así pasé gran parte de la noche, pensando en ella, hasta que finalmente me quedé dormido.
Cuando desperté tenía que volver a trabajar. Entonces me di cuenta de algo que me dolió todavía más: esa linda carita ya no volvería a estar asomada esperando que jugáramos.
Sus hermanos y sus papás estaban ahí esperándome, como siempre, y traté de no demostrar que estaba triste porque faltaba ella. Pero también me di cuenta de que ellos no eran los mismos.
Ellos sabían que alguien faltaba.
Antes de salir y volver a mi rutina, regresó ese temor con el que llevo viviendo desde hace más de un año en este país. Otra vez tuve que armarme de valor y pedirles a mis ángeles que me cuidan que apartaran de mi camino todo lo malo que pudiera pasarme.
Y repetí esas palabras que muchas veces me digo antes de salir:
Si tienen ojos, que no me vean.
Si tienen manos, que no me toquen.
Y si tienen pies, que no me alcancen.
No sé por qué, pero decirlas me hace sentir protegido. Como si por unos segundos pudiera hacerme invisible ante todo aquello que temo.
Pero al momento de salir a trabajar recordé que la persona que vendió a Luna estaría a mi lado.
Y sentí rabia.
No quería verla. No quería estar cerca de ella. No quería escucharla. Ni siquiera quería que estuviera a mi lado.
Porque no podía dejar de preguntarme: ¿qué son unos cuantos billetes comparados con un amor que puede acompañarte durante diez o quince años?
Un amor puro y sincero que no espera nada a cambio. Solo tu compañía, tus caricias y un lugar junto a ti.
¿Cómo cambiar algo que a mí me hace tanta falta por unos cuantos billetes que no arreglan la vida y mucho menos compran la felicidad?
Desde ese momento mi día volvió a nublarse.
No quería hablar con nadie. No quería ver a nadie. Por momentos me sentía tan triste y molesto con todo, que hasta pensé que ojalá aquellas personas de las que tanto me he cuidado durante este último año me hubieran visto y detenido, simplemente para saber qué habría pasado.
Pero no pasó.
Terminé mi trabajo y regresé a casa.
Y allí estaban otra vez esos pequeños amigos que para mí son como ángeles que Dios nos dio. Esperándome sin importar cómo regresara: bravo, triste, cansado o sucio.
Ellos siempre están ahí cuando abro la puerta.
Pero nuevamente faltaba una carita.
Por un momento imaginé que Luna también venía corriendo a recibirme junto a sus hermanos y sus papás.
Solo espero que esté bien.
Espero que su nueva familia sepa quererla, cuidarla y entender lo especial que es, porque sin saberlo se llevaron con ella un pedacito de mi corazón.
Quizás con los días esta tristeza vaya sanando.
Pero sé que los días jamás harán que la olvide.
Luna fue única y especial.
Y desde ahora, cada vez que mire la luna en el cielo, voy a pensar que de alguna manera ella sigue conmigo, protegiéndome y acompañándome.
Porque todavía la extraño.
Y probablemente la extrañaré durante mucho tiempo.
— Daniel G.
Deja un comentario